El ángel del MAQUI

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María Cristina Mejía Arcila guarda el privilegio de pertenecer a la legión de ángeles  clandestinos del gran poeta colombiano Raúl Gómez Jattin.

Fueron amigos. Estudiaron juntos en la Universidad Externado de Colombia, y como ella no pasó la prueba para pertenecer al grupo de teatro, él mismo la convocó para que cosiera y tejiera los disfraces de la obra Los Acarnienses, una crítica política y social, una parodia literaria que hablaba de ese otro, el ser al que despojan, que destruyen, y el que ella siempre ha querido proteger.

Pero además, al ser una mujer tan bondadosa, convirtió ese privilegio en un camino artístico y de gestión cultural, defendiéndolo de manera permanente como una posibilidad de encuentro con los demás.

De chica vivió con sus tías pintoras, con su papá melómano y una mamá que bailaba y cantaba en las reuniones familiares, que hacía magia con los bordados y con los objetos encontradops a su alrededor. Todos coleccionaban algo: Henry, su padre, la novena sinfonía de Beethoven, y Josefina, su madre, las ediciones de la revista Selecciones. 

María Cristina ha sido siempre una coleccionista de grandes momentos del arte.  La familia, que forjó su ojo agudo y de crítica social, la enamoró a su vez de las historias, de los cuentos de la escritora Corín Tellado en la revista Vanidades.  En ese interés por los demás, por saber qué  hay entre los extremos y cómo sanar la descompensación social, desde los primeros años dibujaba fantasmas y figuras desbordadas.

Se hizo abogada y especialista en defensa, seguridad nacional y derechos humanos, precisamente porque siente que no somos nada sin los demás y que la cultura no es un ejercicio de los animales sino de los hombres que se enlazan en sociedad.  “Creamos por herencia divina y construimos vida y expresiones que nos permiten influir en la vida del otro”, añade.

Se casó con el amor de su vida, Ramón Manrique, el artista generoso que la acompañó en sus procesos culturales y sociales, y que desde el día número uno de vida marital, la puso a elegir entre comprar obras originales y clásicas de artistas colombianos, antes que el mobiliario que necesitaban en el hogar.

Desde el 2010 y con la asociación Amigos del Museo, se ha convertido en el ángel de la guarda del MAQUI (Museo de Arte de Armenia y el Quindío) y desde entonces no ha parado de trabajar, visibilizando artistas regionales y transformando el entorno del sector La Estación, declarado bien de interés cultural nacional.

Gracias a su liderazgo, el MAQUI es hoy un referente nacional para la construcción de memoria y el encuentro ciudadano, un laboratorio que se resiste a desaparecer, al ser expresión de las nuevas corrientes del arte.

Su amigo, el gran poeta que inició con ella la carrera de Derecho, suspendida después de incursionar en el teatro y el estudio de la cultura griega, estaría muy orgulloso de esta mujer, y la declararía parte de su grupo selecto, por trazar un camino para ella y para los demás, una ruta social que defiende el ser humano y la cultura como posibilidad de conservar y difundir el patrimonio desde el corazón de la ciudad.

“Si las nubes no anticipan en sus formas la historia de los hombres

Si los colores del río no figuran en los designios del Dios de las aguas

Si no remiendas con tus manos de astromelias las comisuras de mi alma

Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos

Qué será de mí” RGJ

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